Base de Datos
Vautrin Morales (2025)
Relato Publicado en:
Antología Daga Luminosa, Kalmet Ediciones (México) 2025
Antología Internacional Elipsis - (Colombia) 2021
Jacinto se sintió asombrado cuando un funcionario fue
a llevarle la notificación de arresto. Al observar al policía, se percató de
que era un hombre ancho y gordo en cuyo rostro podía apreciarse un bigotillo
anticuado. Sus mejillas infladas estaban circundadas por una cicatriz irregular
y al hablar notó que tenía unos ademanes zumbados que le otorgaban un cariz de
prepotencia exagerada.
—Tendrá que acompañarme a la comisaría, caballerito—le
ordenó el esbirro, amenazante –. Tengo orden de arresto. Está usted acusado por
robo ante el fisco. Si se me pone difícil tendré que sentarlo sobre hielo,
esposarlo y sacarlo como a un perro. Lo mejor será que coopere.
—¿Robo ante el
fisco? —repitió Jacinto riendo –pero si yo cancelé desde hace quince años la
alícuota respectiva. Acusarme de fraude es una infamia…
Jacinto hizo ademán de dirigirse al interior de su
casa, argumentó tener los papeles probatorios de su pago puntual y deferente al
Estado. Dijo que les mostraría las planillas, cualquier cosa para probar su
inocencia, pero el policía gordo y anticuado se opuso.
—
Orden
de arresto es orden de arresto –dijo –colocando sus dedos pulgares entre su
voluminosa barriga y su cinturón negro de piel de oveja.
Quince minutos después llegaron varios policías y lo
sacaron desnudo y descalzo de su residencia. Los vecinos de la cuadra acudieron
en racimos a asomarse por los ventanales de sus casas, atraídos por el alboroto
de los perros y de los niños que se aferraban a Jacinto, uno en cada pierna,
mientras lo arrastraban más allá de la puerta para montarlo en la patrulla.
Una vez que tuvieron a Jacinto resguardado en la cabina
de la camioneta, el policía rollizo condujo durante diez minutos hasta el
siguiente domicilio que les marcaba su itinerario.
Fabricio abrió.
—¿Qué desean ustedes aquí? —inquirió irritado –Estamos
en el novenario de mi abuela, falleció apenas hace dos días…tenía 97 años…
—Mira, eso no nos interesa, ¡nada qué hacer con los
novenarios de la vieja que resucitó! —Gritó el policía de la cicatriz, seguro
de que sus compañeros le festejarían la broma. Ellos le dirigieron una mirada
extraviada, por lo que el agente prosiguió:
—
Tenemos
una orden de aprehensión en tu contra. Tendrás que acompañarnos.
—
¿Orden
de aprehensión? —protestó Fabricio—. ¿Yo qué hice?
Sin darle tiempo a decir nada más, uno de los policías
más atléticos le propinó un golpe en el estómago que lo dejó doblado y
arrodillado en el piso, en esa posición le colocaron las esposas y al montarlo
en la patrulla el policía gordo le espetó la razón de su arresto:
—Tenemos pruebas para sospechar que falsificaste tu título
universitario. No eres ingeniero, eres un vulgar mentiroso. Y ahora, si sabes
lo que te conviene, será mejor que uses tu derecho a guardar silencio.
El jeep rodó
por las calles del pueblo rumbo a la comandancia, aprehendiendo hombres cada
cierto número de domicilios con cualquier cantidad de acusaciones que iban
desde el robo hasta el asesinato. Después de tres horas de recorrer las calles,
por las ventanas de la patrulla se podían contemplar los rostros abatidos o
furiosos de los detenidos, que iban apretujados dentro de la camioneta.
Por lo bajo, comenzaron a preguntarse los motivos que
les habían dado para las detenciones…a mí de supuesto desfalco, contestó uno
que seguramente había forcejeado, con lo que había conseguido que le
desgarraran la camiseta... ¿y a ti, chamo, de qué coño te acusan? Me dijeron
que el título de ingeniero que me otorgaron en la central es falso… ¿y a ti de
qué te acusan? No sé, es una mierda loca…me dijeron que había falsificado las
escrituras de mi casa, nojoda… ¡perros
desgraciados!
Arribaron a la comisaría
del poblado.
—¡Bájense, criminales! —Les gritó el de la cicatriz en
la puerta de la comandancia –. Todos
estos están
presos por estafar a la nación.
Hicieron una
larga cola para determinar Condiciones Procesales con los abogados designados
por el Ministerio Público. Iban descalzos y cabizbajos.
—Si confiesas tendrás beneficios procesales —le dijo el
abogado a Fabricio. Eso de andar falsificando títulos universitarios es muy
delicado… ¿qué dices? ¿Que tú no sabías nada? Disculpa que te lo diga, pero no
eres nadie, menos que basura…si no confiesas te van a echar más de cuarenta
años de cárcel, como a los peores criminales del país. Si confiesas, tal vez
pueda ayudarte, si no, bueno…te ves delicado, amable…no lo pasarías bien allí
dentro, yo sé lo que te digo…
—Pero, ¿cómo voy a confesar algo que no hice?
–respondió Fabricio con una ingenuidad que rayaba en lo absurdo.
—Mira, no es necesario que nos des ningún detalle,
tenemos toda tu información en la base de datos. Es solo cuestión de que
aceptes tu culpabilidad y nosotros presentaremos las pruebas, después diremos
que actuaste de buena fe, cualquiera sabe que una persona con título
universitario puede acceder a una vida mejor…hay atenuantes, desde luego…si
cooperas…
El abogado, un hombre de tez morena y dientes con
cobertura de oro le mostró en la pantalla: «092-0214601: Ingeniero Civil/No
existe/ Número incorrecto»
—¿Cómo es la cosa? Yo me gradué en el 14 en el Recinto
Central, todos estaban allí, incluso el rector… ¿cómo me dice ahora que mi
registro no existe?
Le dijeron que las obras civiles donde había trabajado
eran ficticias, nada existía, y esas obras habían servido de excusa para
fraudes millonarios en los que ahora él estaba envuelto. La esposa de Fabricio
llegó a la comisaría cargando entre sus manos decenas de carpetas y documentos
en serie de papeles con matasellos.
—Mire, esta obra del puente, esta otra obra de las
carreteras, es que ustedes son...
Fabricio y su esposa le indicaban con desesperación al
abogado las coordenadas de los edificios, hospitales, escuelas que él había
ayudado a construir, solamente para que este les devolviera la imagen en tiempo
real de la ubicación exacta completamente desierta. Los planos de construcción
y numerosos cómputos métricos se fueron desvaneciendo ante los ojos de
Fabricio. Los edificios que construyó dejaron de existir y respirar, tal como
si se hubieran desvanecido junto a sus calles y puentes.
Le tocó el turno a Jacinto Mirabal. Se sentía cansado
y hambriento al punto del desmayo, pero su mente no dejaba de darle vueltas a
la situación. El sentimiento de impotencia lo mantenía caviloso y extraviado.
—¿De qué se me acusa?
—Ya lo sabes, no te lo vamos a volver a decir.
—¿Qué me lo prueba?
«Base de datos: cheque bancario- 00291-42051076/firma
defectuosa/ pagaré banco Guipúzcoa con defecto/ propiedad intelectual
adulterada»
Otros acusados
iban pasando en lote como productos en serie: se te acusa de homicidio... ¿las
pruebas?... míralas... ¿cómo?... Esa noche yo estaba en otra ciudad... ¿cómo
aparecieron mis huellas dactilares en ese cadáver?... ¿que abusé de una mujer?
.... correcto... la base de datos lo confirma... ¿restos de semen en su
garganta concuerdan con los míos?...
Como medida de protesta los familiares y algunos otros
habitantes del pueblo decidieron organizar una manifestación. Con el rostro
amordazado, caminaban por las calles en completo silencio. El espectáculo
recordaba a aquellas hordas de zombies en búsqueda de cerebros frescos que
aparecen en las películas postapocalípticas.
El cielo se tornó rojizo y una nube oscura cubrió todo
el poblado. La frontera con el siguiente pueblo era un río poco caudaloso, por
lo que muchos se lanzaron a nado buscando escapar de aquella base de datos
sombría, que hizo surgir criminales en donde antes había solo vecinos, esposos
y hermanos. Para mala fortuna de los prófugos la policía soltó una manada de
perros cazadores, que chapotearon en las aguas del río mordiendo los talones de
quienes trataban de escapar en botes y chalanas improvisadas. Los perros corrían
en las zonas bajas del río junto al policía de la cicatriz:
—¡Que no escapen!... ¡Cójanlos!... ¡Éa!... ¡Éa!
Jacinto iba
oculto en uno de los botes. Pensó en lanzarse al río, pero recordó las fauces
de los perros y las imaginó rodeando sus brazos y piernas, apretándolo hasta
destrozarle las extremidades, prefirió la esperanza de llegar al otro pueblo,
en que el que imaginaba ya no habría el peligro, ni con los policías ni con
aquella maliciosa base de datos que los había señalado injustamente. También
pensó que atacar cuando te atacan es el valor de un perro. Cruzaron al otro
lado. Su sorpresa fue mayor cuando al encontrarse en el siguiente pueblo pudo
ver la ristra de carteles acomodados en palos y estacas con su rostro y el de
algunos de sus vecinos con el letrero de «Se busca».
Del otro lado había un centenar de estatuas pedestres
con el semblante del comisario de la cicatriz, como le decían. Metieron a
Jacinto en un cuarto hecho de ladrillos de adobe:
—
Podemos
negociar tu libertad.
—
¿De
qué forma?
—
Cásate
con la mujer.
—
¿Qué
mujer?
—
La
que violaste, canalla.
—
Yo
no he violado a ninguna mujer. No voy a negociar nada.
Lo sentaron
durante horas desnudo sobre panelas de hielo.
—
Está
bien, me voy a casar con la mujer.
El esbirro lo
miró con ojillos maliciosos:
—
Pero
tú no vas a ser el único que la disfrute en contra de su voluntad, mi cabrón.
Antes de que la hagas tu esposa nosotros también nos vamos a dar gusto con ella,
ja, ja.
—
¡Desgraciados!
—Gritó Jacinto—. Nada de esto tiene sentido. Lo sabrá la prensa, lo sabrá todo
el mundo. Ya no vivimos en los tiempos de antes…lo publicaré en redes, no
podrán vivir en paz nunca más…
La amenaza de Jacinto resonó débilmente, desnudo y humillado como
estaba. Sin desearlo, pensó en Emil Cioran, el filósofo rumano, que había
escrito “el día del juicio final solo se
pesarán nuestras lágrimas”. Después, tundas en el hígado, golpes en la
cara, patadones, culatazos y empujones, por grosero.
Jacinto murió desangrado. Quedó un solo hombre sentado en la plaza,
desnudo y humillado como el mismo Jacinto había estado cuando profirió las
amenazas que le costaron la vida. En su pecho quedó signado el tatuaje bajo
relieve: base de datos. Las cruces del cementerio decían lo mismo, solo que era
el año 2071.
@Vautrin5

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