Viralia
Publicado:
Antología "Fuego Intenso", Ediciones Vicio Perpetuo, 2023 (Perú)
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Fuera, asesinos! La
algarabía cundía en la calle que lleva el nombre de un famoso dictador quién
expropió los canales de televisión para dárselo a una cuadrilla de campesinos.
Una tarde grisácea, cielo nublado, las bocinas del tráfico al unísono zumbando
por todos lados. Me encontraba en medio de una protesta.
––¡Corre, huye! –– me dije en medio del
gentilicio.
Se me cayó la mascarilla, el fin es llegar al
campanario con el Antídoto, me dolían los brazos, los pies, la cabeza de tanta
inyección la noche anterior. Divisé los muchachos de siempre en la calle
Velazco.
––Señor,
podría darme unas monedas. Por favor, cómpreme un caramelo
––A él,
anda––pensé–– ¡Pónsela!
Metí la mano en el bolso militar, rebusqué y
saqué la inyección:
––Está bien,
ten tus monedas ––le dije.
Acercó el brazo, su rostro macilento era la
imagen del hambre callejera, me le acerqué, tenía un tatuaje de rayas:
––¡Ups,
mierda! ––Vociferó––, ¿Qué ha hecho, señor?
Enfurecí, me adentré en medio de la turbamulta
pinchando a todo aquel que se cruzaba en mi camino: ––¡Imbécil!
¡Desgraciado!¡Animal! ––Vociferaban.
Inyecté a varios con el Antídoto, esto rápido
se esparce, infecta o cura, da igual.
La atmósfera empezó a ponerse verdosa, el
tumulto volteó, por aquí, por allá. El aire comenzó a tornarse inalcanzable, se
me iba el aliento y con ello la turba inició la indagación de encontrar al
culpable. Había una marcha civil y los manifestantes hablaban algo de
reivindicar los derechos de los transgéneros en un mundo lleno de
desigualdades, portaban banderas de arcoíris, las que enarbolaban como señal de
protesta libertaria.
––¿Quién fue?
––preguntaron varias voces desde las ventanas.
––El de la
mochila camuflada––Respondió un jovencito dentro de la turba, antorcha en mano.
––¡No, fue Velazco!
––Afirmó una vieja desdentada.
––Velazco ya
murió––Respondió alguien.
Corrí como nunca hacia la meta, me esperaban
los Santos. Pero pasó un helicóptero sobrevolando, emitiendo el comunicado:
«Persona no Grata» ¡Agárrenlo! ¡Se ha escapado con la cura!
Nota de Laboratorio
*Sales minerales, mercurio
vaporizado, nitrógeno líquido, cloruro de magnesio*
Corrí como nunca buscando el pináculo de la
catedral, porque el día del juicio final sólo se pensarán nuestros llantos. La
libertad es la gran mentira, estuve en el Laboratorio, divisé los cómputos.
Entorné la mirada a mi espalda, la multitud venía con antorchas, palos y
cuchillos. Me lanzaban maldiciones. La red mandó mensajes instantáneos: *El
causante de todos los males lleva la mochila camuflada*
Quemaron todo el color verde, parques,
selvas, bosques artificiales, voces verdes. Anexaron un nuevo ordenamiento
constitucional que prohibía el uso del color verde en la raigambre dedicada a la
formación de jóvenes universitarios; algunos empezaron largos pleitos
judiciales, otros pactaron con el sistema y muchos se lanzaron a vivir en las
afueras de la ciudad, montaña adentro.
––¡Mátenlo!
¡Agárrenlo! ¡Tiene un virus! ––Gritaban tras de mí, antorchas en manos.
Los campesinos se sumaron a la huelga, los
comerciantes, autobuseros, verduleros. Bajaron los cerros enardecidos, y los
maestros y doctores siguieron la lucha al instante que la red les comunicó
sobre el peligro inminente. Pero ya el Antídoto estaba esparcido.
––Mami,
mami––preguntó un niño–– Se ven extrañas las plantas, ¿Qué ha pasado hoy?
*Lanza el
Argón*, recordé mientras corría a la meta. Crucé por veredas cercanas a la
calle Velazco, iba cansado:
––¡Jódete! ––Gritó
un señor–– ¡Agarren al criminal!
Estaba cansado y con dificultad respiratoria,
estaba caliente de ira. El helicóptero pasaba y me lanzó dardos paralizantes,
ninguno me pegó. Las ventanas se abrieron, lanzando Potes y piltrafas de botellas
fétidas. Coreaban insultos subversivos: ¡Cójanlo! ¡Cucaracha maligna!
Abrí el bolso, saqué el Argón. Acomodé el aparato, apunté las coordenadas: bips, bips, bips, bips, bips… Voló al cielo al instante, la calle Velazco empezó encapsularse, la multitud continuó corriendo, aunque sea por momentos, luego unos comenzaron a caerse, otros a vomitar, algunos votaban espumarajos por la boca, y muchos les dio por quitarse la ropa.
De repente ya nadie podía entrar o salir a la antigua calle Velazco, quedaron
sin habla, mudos, se veía desde el otro lado la multitud gesticulando en vano,
estaban grises como los prejuicios arcaicos de un conservador sin mujer, y sus
vidas insulsas como enseñanza vieja de razones humildes. Entonces, ¿De qué
enfermaron ellos?
––El deseo
desenfrenado del mañana––me dijo el sacerdote cuando le entregué la cura––, han
echado abajo los cimientos. Ni historia les queda y por ello deben buscar a un
culpable que sacie sus deseos inconscientes de venganza primitiva.
––Padre, ¿me
podría explicar qué le pasó al nazareno? ––Pregunté cuando me di cuenta.
Y me clavó un puñal de cruces con agua
bendita, ¡Ups! Había un concilio de sacerdotes trajeados de negro cuyas túnicas
holgadas tapaban sus rostros, enarbolando cánticos en latín. Me lanzaron
piedras, navajazos y patadones. Se besaron unos con otros sin importar género
de insolencias. Sonó el campanario y los feligreses acudieron a la nueva misa
sin el verdor del bosque ni el vapor de los Rosales cuando pasa una linda mujer
y hasta las hojas voltean a mirar.
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